Hay días en los que me preguntan cómo estoy y no sé qué responder.
No porque no sienta nada, sino porque siento demasiado.
Tengo emociones que se amontonan unas encima de otras, pensamientos que no descansan, la cabeza centrifugando y una tristeza que a veces no sé de dónde viene. Quisiera poder explicarlo con palabras bonitas, claras y ordenadas, pero la realidad es que muchas veces solo me sale llorar. O gritar. O levantar espinas para que nadie se acerque demasiado.
Hay momentos en los que siento que llevo el peso del mundo sobre los hombros. Como si estuviera agotada de luchar contra cosas que los demás ni siquiera pueden ver. Y entonces aparece la culpa: por no estar bien, por no ser capaz de sonreír, por no tener fuerzas para todo.
Pero estoy aprendiendo algo importante: sentir demasiado no es un fracaso. Llorar no me hace débil. Necesitar parar no me convierte en una persona menos valiente. Reconocer que estoy cansada es, quizás, uno de los actos de valentía más grandes que puedo hacer.
No escribo esto para dar pena ni para buscar respuestas. Lo escribo porque necesito sacar fuera todo lo que llevo dentro. Porque a veces, el corazón se llena tanto que las palabras son la única forma de hacerle espacio para seguir latiendo. Para seguir respirando y que el barco no se hunda.
Y aunque hoy me sienta perdida, también sé que ninguna tormenta dura para siempre. El sol siempre vuelve a brillar. Y lo hace más fuerte que nunca.
Quizás mañana siga sin tener todas las respuestas. Quizás siga sintiendo miedo, tristeza o incertidumbre. Pero aquí sigo. Respirando. Intentándolo. Avanzando un pasito de cada vez.
Y, de momento, eso es suficiente.

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